
Los gritos que más duelen,
esos gritos guturales
que salen desde adentro
de las vísceras. La sangre
en chorros los dispara.
La cara distorsionada,
los ojos desorbitados,
y la boca gigantesca
de un agujero anonadado
que desciende hasta un infierno
de sudores desabridos,
de agonías del espanto
coronado de alaridos.
Gargantas desgañitadas
con las tripas enroscadas;
difonías del olvido
profundo y lapidario.
Esos gritos que son mudos
porque nadie los escucha;
gritos que son alaridos
de la vida que se acaba.
Gritos enfáticos, puros
y malditos desde el alma.