Death

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domingo, 24 de agosto de 2008

El Conquistador Empedernido

Es tan hermosa...

Durante años fui su extasiado admirador. La contemplaba desde lejos, deseando poseerla. Y ella, en su estática altivez, parecía mirarme con sus atemporales ojos llenos de desdén.
Todos dijeron, siempre con acierto, que mi ávida ambición no tenía límites. Me propuse conquistarla. Iba ser una muy dificultosa tarea, pero estaba decidido a llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias. Tan grande era mi deseo por hacerla mía...!
Pero ella era muy fuerte y poderosa; sus defensores estuvieron prontos al instante para resguardar a su protegida del indeseable invasor. Tuve que librar incontables y crudas batallas en mis infructuosos intentos de introducirme en ella. Al final, no tuve más remedio que desistir de tomarla por la fuerza; mis propias fuerzas estaban abandonándome.
Ideé una estrategia. La penetraría de improviso. Debía actuar con cautela y, sobre todo, con naturalidad puesto que intentaba hacerme pasar por uno de ellos. Si sus guardias me descubrían, me aniquilarían. Lo haría esa misma noche, cuando todo en ella durmiera.

Y así fue como logré penetrar sus defensas pacíficamente.
Ahora estoy en su interior. Es tan bella... y la amo tanto...!
Sé que la tengo pero, aún no me decido a hacerla mía. Ella todavía no sabe que yo existo. Y yo no sé cómo expresarle que pretendo dominarla. Sé que va a resistirse con todas sus fuerzas. Tiene una increíble consistencia física, y tal firmeza de carácter...! Me va a costar doblegarla. Ella no sabe que yo la estudio concienzudamente; me paso horas observándola y embelesándome con su belleza. Ella tan llena de vida, de alegría, de energía... Me apena pensar que puedo causarle mucho daño.

Han pasado meses y aún sigo a su lado. He crecido junto a ella, su presencia me ha hecho grande. Tanto que hoy me ha descubierto; la lucha interna a comenzado. Yo estaba preparado puesto que sabía que iba a rechazarme rotundamente. Esto no me hará cejar en mi empeño y ella también lo sabe.

Ha pasado una semana. Ella ha congregado a todo un ejército para defenderla de mí. Me da lástima... Ella, tan inteligente, debería saber de antemano que será inútil. Todo lo que haga de ahora en más para destruirme será tiempo y esfuerzo perdido.

Ha pasado otra semana y ella ya sabe que está perdida, en mi poder aunque aún no la domino totalmente. Es tanto mi amor que quiero que ella tenga libertad durante el tiempo que a mí me sea posible concederle. A pesar de ello, ella me odia. Yo siento su odio taladrando dentro de mí, pero no me importa, sé que llegará a amarme. Mientras tanto, dejo transcurrir mi tiempo complaciéndome en la admiración de su esbelto cuerpo. Imagino sus firmes carnes adheridas al consistente esqueleto, sus perfectos órganos y la suave piel vistiéndola toda... Y me regocijo interiormente con el conocimiento pleno de pronto estar recorriéndola por entero, poseyéndola totalmente.

He iniciado la conquista. Lentamente voy invadiéndola, apoderándome de ella, venciendo a mis enemigos, eliminándolos a mi paso.
Sé que soy invencible, pero ella aún se me resiste. Ya claudicará... No soy impaciente, sé esperar.

Hoy tuve un arduo enfrentamiento. Brigadas tipo guerrilla me atacaron inesperadamente. No consiguieron arrancarme de su lado, pero me han lastimado. Me duelen mis heridas y estoy furioso! He quedado muy débil y ellos se aprovechan de mi estado para atacarme con un arsenal de armas letales. Idiotas! Aún así venceré. No saben que el amor me fortalece. Sólo debo refugiarme por un tiempo...

Pienso en ella y en toda su belleza, que tiene que ser mía, y me repongo de mis lesiones.
Ostentando mis cicatrices, vuelvo a crecer rápidamente. Mi salud se torna inquebrantable. Ya sus armas no me hacen mella.

Por fin, me decidí a iniciar la completa dominación. No sé si fue real o lo soñé, pero en algún momento me pareció captar amor en sus ondas cerebrales. O tal vez fue una súplica... Lo que fuese, era claramente un deseo de mí. Y esta era la señal que yo estaba aguardando.
Comienzo mi recorrido por su ansiado cuerpo y puedo sentir el consentimiento de mi amada... Oh, cuán feliz estoy! Me estiro, me duplico, reproduciendo mis células hasta el infinito para cubrirla enteramente con mi amor... Mas, cuando estoy por lograr esa compenetración total, esa unificación de su amor con el mío viejo de esperar, siento la presencia de un rival. Inesperado y maldito rival! El jamás podrá vencerme pero, sí arruinará la consagración de nuestro amor. Ya lo ha hecho! Ha robado los sentidos de mi amada! Yo la poseo, es toda mía, pero ella no puede sentirme. Ese infame mal perdedor! No logró vencerme, pero sí me quitó el sublime placer final. Y ya no me queda tiempo para volver atrás y esperar otra oportunidad; liberé de golpe mi tan reprimido deseo y me apresuré demasiado. Ahora todo ha terminado...

La primera, la segunda operación, así como los posteriores tratamientos por irradiación y quimioterapia habían sido inútiles. La vida de Mabel, finalmente había sucumbido al cáncer generalizado. Sólo esa leve y misericordiosa sobredosificación de morfina le había permitido morir privada del martirio final que su terrible mal le deparaba.

sábado, 12 de julio de 2008

El Niño Egoísta

Nikolas, a sus diez años, se creía muy importante, superior, pues era el único del barrio que poseía una bicicleta. Solía pavonearse con ella por las veredas y, sobre todo, en la plaza. Por más que los otros niños le rogaban, él jamás la prestaba. Acostumbraba a pasear en su brillante bici en las horas en que los niños salían de sus casas a jugar. Pasaba delante de ellos dándose corte, mirándolos altivamente al pasar, como burlándose de ellos, mofándose de su pobreza y sus deseos.
Hasta que se mudó al barrio una familia muy adinerada. Un matrimonio con un niño de la edad de Nikolas, de nombre Sergio.
Una tarde, Nikolas paseaba en su bicicleta como de costumbre, cuando vio que el tal Sergio se le aproximaba raudamente en un deslumbrante karting.
Los otros niños, los que solían correr detrás de él, ahora corrían tras de Sergio, vitoreándole y pidiéndole prestado el karting. Al cruzarse con Nikolas, el grupo de niños le ignoró por completo.
Sergio resultó ser mucho más egoísta y vanidoso que Nikolas. El también gozaba luciéndose en su karting, que tampoco prestaba.
Nikolas descubrió que su adorada bicicleta quedaba convertida en nada al lado del imponente y veloz karting de Sergio. Ya nadie se molestaba siquiera en acercarse a él, todos los chicos ahora rondaban al nuevo vecino.
Muy molesto, Nikolas también se acercó a Sergio; aprovechó para hacerlo una mañana temprano, en que lo vio solo, y decidió pedirle prestado su famoso karting, a lo cual recibió la conocida negativa, que tantas otras veces él había dado.
Solo en su cuarto, Nikolas lloraba de rabia y envidia. Ya no salía de paseo en su linda bici, que había arrumbado en un rincón del garage de su casa. En su soledad, maquinaba cosas y traficaba en su mente con la maldad. Hasta que, una noche bien tarde, salió a escondidas de su casa y se escurrió en el domicilio de Sergio, logrando apropiarse del tan deseado karting sin ser descubierto. Lo ocultó en el altillo de su casa y se acostó a dormir como si nada.
Al día siguiente, había un gran revuelo en la vecindad. El robo en la casa de Sergio había sido reportado a las autoridades y se hacían las investigaciones del caso. Nikolas reía para sus adentros.

Todos los días, mientras su padre se hallaba en su trabajo y su madre se ocupaba de las tareas del hogar, Nikolas subía al altillo y adoraba el producto de su robo, y daba vueltas y más vueltas en él, alrededor de la pequeña habitación.
Pasó el tiempo y, el padre de Nikolas, al ver la bicicleta olvidada y medio oxidada, abandonada en el garage, decidió regalársela a uno de los niños más pobres de la comunidad, antes de que se echara a perder definitivamente.

Una tarde, Nikolas, cansado de girar solo con el karting en el altillo, se dispuso a salir y presumir delante de sus viejos amigos; especialmente, del vecino Sergio. Pero, cuando fue a buscar su olvidada bici, descubrió que ya no la tenía.
_ No me importa _ masculló, pensando en su tesoro secreto.
Sólo que, pronto notó que este último era como si no existiera. No podía salir, ni mostrarlo, ni presumir con él!
Nikolas se encerró en su habitación y lloró, esta vez amargamente. Con demasiada dureza, su niñez había alcanzado el entendimiento; comprendiendo entonces la maldad en su egoísmo, el absurdo en su necedad y la razón de su soledad.

sábado, 5 de julio de 2008

Tomás Y El Mago

Era el cumpleaños de su amigo José, y Tomás asistía a la fiesta. José cumplía diez años, uno más que Tomás.
La fiesta era estupenda; allí estaban todos los chicos del barrio y del colegio. Y las chicas... por supuesto!
La mamá de José se había tomado un trabajo bárbaro preparando infinidad de bocadillos, todos ellos exquisitos. También había comprado un montón de cosillas de cotillón que alegraban la mesa y a los niños; globos y guirnaldas colgaban del techo adornando festivamente el ambiente.
Los chicos comían, bailaban, jugaban... pero se veían expectantes. Es que, la mamá de José había contratado a un famoso mago que se presentaría cerca de la medianoche, y los niños aguardaban impacientes su llegada.
A las doce en punto de la noche llegó Bharduk, el mago.
Su actuación fue colosal. Tomás contemplaba extasiado los trucos del mago, tratando de seguir sus movimientos para descubrir algún secreto, sin lograrlo. Tomás siempre había querido aprender magia.
Al finalizar su acto, Bharduk se despidió de los niños y abandonó la casa. Fue entonces que Tomás se sintió invadido por un extraño sopor, como así también por una sensación de urgencia que, como un poderoso imán, lo inducía a dejar la fiesta y seguir al mago.
Bharduk sabía perfectamente lo que estaba sucediendo pero se hizo el desentendido, permitiendo que el niño prosiguiese tras de sí.
De pronto, aparecieron frente a un castillo situado en una alta y solitaria montaña; la morada de Bharduk, quien simuló recién descubrir al niño y, mostrando gran sorpresa, exclamó:
_ Vaya! De dónde saliste tú? Acaso de mi galera...?_ sonriéndole.
_ No, señor... _ respondió Tomás, algo temeroso_ yo estaba en la fiesta...
_ Ah, sí! Creo recordarte... _ y, haciendo una pensativa pausa _ Sí, sí! Tú eras quien más atención prestaba a mis trucos!
_ Es que... señor, yo deseo ser mago...
_ Acabáramos! Por eso me has seguido? Pretendes que yo te enseñe?
_ Pues... si ello fuera posible... No existe nada en el mundo que me pueda hacer más feliz que llegar a ser un poderoso mago como Ud.
_ Mmmmm..._ Bharduk miró al niño dubitativamente, luego añadió _ De acuerdo. Pero primeramente deberás saber que la magia está regida por ciertas leyes inquebrantables y una disciplina excesivamente rígida y, como magos, es nuestra obligación y responsabilidad el cumplirlas con obediencia y sumisión. Estas dispuesto a ello? Crées tener la fortaleza para lograrlo?
_ Sí, señor _ respondió Tomás, con convicción.

Después de un tiempo y tras un duro entrenamiento y difícil aprendizaje, el niño fue condicionado por Bharduk para desempeñarse como mago aprendiz.

Su maestro poseía una alfombra mágica en la cual viajaba de tanto en tanto y el niño también quería hacerlo. Bharduk le dijo que, sólo cuando él muriese Tomás heredaría todas sus pertenencias, como así también el acceso a los herméticos secretos de la alta magia suprema; recién entonces podría usar la alfombra.
No contento con esa respuesta, una noche Tomás decidió tomar sin permiso la alfombra, mientras el mago dormía.
Ya fuera del castillo, Tomás subió a ella y voló sobre ella durante un largo tiempo pero, cuando quiso regresar al castillo, la alfombra no le obedeció. Continuó su ruta hasta depositar al niño en su habitación, en la casa de sus padres. Tomás intentó aferrarse a ella, pero la alfombra se le zafó de las manos, perdiéndose en el infinito cielo nocturno. Entonces, el niño notó que ya no poseía poderes...

Tomás se revolvió en su cama, inquieto y se despertó.
_ Qué sueño tan extraño había tenido!_ pensó casi en voz alta.
Bajó a desayunar como todos los días y, luego volvió a su habitación; su madre le había pedido que la pusiera en orden y, decidió hacerle caso.
Estaba recogiendo sus cosas de debajo de la cama, cuando halló algo extrañísimo... Parecía un trozo de pergamino antiguo con unos dibujos raros. Lo guardó prolijamente.
Esa noche, cuando regresó su padre, Tomás fue a su estudio munido del pergamino. Su padre era arqueólogo y pudo descifrar los jeroglíficos insertos en él; se trataba de un antiquísimo dialecto árabe y decía: "Aquel que desobedezca las supremas leyes de la magia será considerado indigno del poder y del conocimiento pleno".

domingo, 29 de junio de 2008

Competencia Desleal

Iván Pietrovich, reconocido parapsicólogo ruso, vacacionaba en las soleadas costas de la península de La Florida. Había sido retado a una competencia de poderes psíquicos por Franklin Schimdt, famosísimo paranormal norteamericano. Los secundaba una convención de científicos de todo el mundo, expertos en la materia, que dictaminaría el ganador.
Aún faltaba una semana para el duelo y Pietrovich dedicaba esos días a relajar su mente, asolándose en las cálidas playas.
Por otro lado, Schmidt se entrenaba fanáticamente, encerrado en su bungalow la mayor parte del tiempo.
Cuando llegó el día de apertura de la competencia, Pietrovich lucía un hermoso bronceado mientras que, su contrincante poseía una palidez cadavérica.
Para presenciar la contienda, que se realizaría en la playa y a plena luz del día, se habían dispuesto varios entarimados.
Las gradas estaban repletas. Un cuantioso público había acudido de diversos países. Al hacer su aparición los contrincantes, la tribuna se venía abajo con aplausos y ovaciones.
Dio comienzo la competencia...
Los periodistas pululaban por doquier y las cámaras no perdían detalle de los participantes. Al atardecer, ya habían completado todas las pruebas menores; estos dos excepcionales maestros de lo insólito venían empatando hasta el momento. Faltaban solamente dos pruebas y eran fundamentales: teleportación y proyección astral.

Chin Li Wu se hallaba presente entre los expectadores; observaba con envidia el desarrollo de la competencia. Chin se consideraba a sí mismo muy superior a esos dos farabutes en acción, y se sentía menospreciado al no haber sido tomado en cuenta; estaba sumamente resentido puesto que no se le había permitido participar.
A medida que se aproximaba la culminación del evento, Chin sentía crecer el odio dentro de sí. Cuando Schmidt y Pietrovich fallaron en la teleportación, el chino sonrió satisfecho, pero aún quedaba una prueba más, la final y definitoria.
Los contendientes se disponían a efectuar el viaje astral. Ambos se concentraron durante casi una hora y... lo estaban logrado! Chin no soportó más, todo su odio emergió de pronto; ahora sabrían quién era realmente Chin Li Wu... El más poderoso! Y concentró todo su poder mental en el mal...

Los cuerpos celestes de Schmidt y Pietrovich flotaban a varios metros del suelo, unidos por el frágil cordón plateado a sus cuerpos materiales; apenas si eran visibles sus auras, que daban forma a sus seres etéreos.
Repentinamente, la calma en el ambiente se quebró. El, hasta ahora inexistente, viento comenzó a soplar cada vez con más furia. La tranquilidad del mar también se rompió, cuyas aguas se acercaban peligrosamente a la costa invadiendo las playas con olas gigantescas.
Los meteorólogos, anonadados, no podían explicarse cómo había surgido ese feroz huracán que, emergido de la nada, no habían podido captar con sus sofisticados aparatos. Tarde para lanzar un alerta, llamaron al huracán "Lydia".
La estampida en la playa fue caótica. En segundos, sólo quedaron allí los dos contrincantes y su séquito de científicos, quienes trataban inútilmente de hacerlos reaccionar.
Y, por supuesto, también estaba Chin...
Pronto los científicos abandonaron sus buenos propósitos, huyendo despavoridos del lugar.
En la playa permanecieron los cuerpos inermes de Schmidt y Pietrovich, quienes trataron de retornar a ellos pero, infortunadamente, el fuerte viento había cortado ambos cordones umbilicales; sus cuerpos astrales volaban ahora libres de ataduras.
Una súbida arremetida del mar arrastró los cuerpos tendidos en la arena y... Ah! La ironía... Chin se había concentrado de tal manera que ni tiempo tuvo de darse cuenta cuando fue atrapado también por las arremolinadas aguas.
Y el mar embravecido se tragó los tres cuerpos emitiendo un bramido escalofriante.

Más allá del caos terrenal...
__ Ey, Fraklin! __ vociferó Iván __ Dame tu mano!
__ Hermano, __ expresó Franklin, mientras tomaba la mano extendida __ hemos empatado de nuevo!

martes, 24 de junio de 2008

La Carrera De Bicicletas

Aníbal era considerado un excelente ciclista pero, siempre había salido segundo, jamás había sido honrado en el privilegiado primer lugar y su orgullo estaba deshecho. Necesitaba ganar.
Próximo a una nueva carrera y con la moral hecha trizas, comenzó su entrenamiento y preparación física. Se reventaba entrenando diez horas diarias y a veces más... Pero, el día de la competición volvió a salir en segundo término.
Aparte de estar hecho una piltrafa psíquicamente, Aníbal se encontraba ahora ante la presión de sus patrocinadores, quienes amenazaban con retirar su apoyo financiero ante una nueva derrota. Y, aunque el dinero no significaba nada para él, pues poseía lo suficiente como para financiar él mismo su propia competición, lo enfermaba su lastimado ego.
Alentado por la soberbia y la envidia, comenzó a entrenarse más duramente que nunca. Una tarde, decidió dedicarse a observar a sus competidores, no con buenas intenciones, obviamente. Pero, al notar sus elevadas técnicas y la superación física, Aníbal, a sus cuarenta años supo adivinar su inminente fracaso. En su desesperación, tuvo una loca idea. Abandonó por completo su entrenamiento y, en cambio, pasó su tiempo inmiscuido en los trabajos de su padre. Este era un consagrado científico, dedicado a la ingeniería genética. Indagando, cual espía enemigo, en los expedientes de su padre, consiguió apropiarse de los datos de un colega y ex compañero suyo de trabajo, a quien fue a ver en secreto.
Aníbal pagó un millón de dólares a ese individuo para que fabricase un exacto clon suyo, cosa que el inescrupuloso investigador aceptó incondicionalmente.
Y el clon fue creado y preparado para la competición. Aníbal contemplaba extasiado el rendimiento físico de su clon; éste no sólo era incasable, sino que además, podía desarrollar velocidades insuperables.

Llegó el día de la carrera y el clon ocupó su lugar.
Por supuesto, Aníbal-clon ganó la carrera.

Los participantes que habían salido en segundo y tercer lugar ya se hallaban en el podio. Aníbal comenzó a andar exultante hacia el mismo... hacia su primer lugar! Pero a los pocos pasos se detuvo, miró hacia la pista y vio con espanto que el clon continuaba corriendo alrededor de su circunferencia.

Aníbal-clon, incansable proseguía dando vueltas y vueltas, desarrollando una velocidad cada vez mayor. Muchos corrieron hacia él haciéndole señas, intentando detenerlo inútilmente.
Mientras tanto y desde lejos, Aníbal observaba todo y buscaba desesperadamente con su mirada al creador del clon, que había desaparecido.

Desde luego, Aníbal fue descalificado y, no se supo más de él. A la vez, automáticamente el velódromo fue clausurado... por reparaciones, dijeron.

Nunca se dio a conocer bien lo sucedido. La noticia fue tapada como todo lo que resulta inconveniente que trascienda.
El velódromo sigue clausurado, aunque nadie sabe la razón. Sin embargo, existe una leyenda urbana que cuenta que hay un ciclista loco montado en una bicicleta voladora, dando vueltas al circuito y que mata a todo aquel que intente detenerlo...

domingo, 22 de junio de 2008

El Corto Vuelo Del Bólido


Gastón se jactaba de ser un avezado conductor. Ese día había tomado la autopista y su coche volaba, desafiando al viento. A 200 kph, sentía que él y su máquina eran una misma cosa, un todo indivisible, una masa continua de energía en movimiento acelerante; sentía perder su noción del yo, que pasaba a ser parte conformante del ente potencial. La mente se le nublaba y la concepción de espacio y tiempo se fundían en la aceleración creciente. Las imágenes a su paso se le aparecían en una profusa secuencia de flashes confusos. La carretera frente a sí se le asemejaba a un camino hacia el infinito...
De pronto, sólo pudo ver la ruta delante suyo y, a los costados, el vacío; hasta que tampoco tuvo ruta... Sólo veía nada a su alrededor. Su loca imaginación lo supuso en etéreo vuelo.
En un estado de éxtasis demencial, largó el volante y, recostándose en el asiento, disfrutó la sensación de ave en libertad.

El camino de montaña se cerraba en una brusca curva pero el pequeño convertible, sin control, no giró y voló por el aire, estrellándose contra las rocas mientras el profundo precipicio lo tragaba con sus ávidas fauces.

miércoles, 18 de junio de 2008

En Un Colectivo

Era un día muy crudo de invierno y el viento casi arrasaba conmigo. Decidí que mejor sería que dejara de andar al tún tún por las calles y tomase un colectivo.
Eran las 19 hs. y la gente, que salía de sus trabajos, hacía intransitables las veredas del centro de la ciudad. Justo ante mí se detuvo un micro de la línea 106 y, en él me colé.
El vehículo iba ya repleto y el conductor seguía metiendo gente, estaba empeñado en hacer reventar dicha unidad. Finalmente arrancó, lo cual fue otra desdicha. El enloquecido chofer parecía ir compitiendo en alguna carrera demencial. Cada vez que debía parar era para mí un suplicio; con los frenazos que daba, las personas se agarraban y colgaban de los pasamanos, o unos de otros, sosteniéndose como mejor podían. Yo intentaba esquivar los apretujones y, a duras penas, lo lograba. Además, me veía en la imperiosa necesidad de comer algo; ya ni recordaba la última vez que había ingerido bocado y me sentía desfallecer de hambre. El problema era que, con tanta ropa y tan gruesa ella, se me hacía imposible maniobrar entre la gente para buscar mi alimento. En un momento dado, el conductor frenó tan bruscamente que casi todos los pasajeros cayeron hacia atrás y adelante, resbalando unos sobre otros; a mí casi me hacen puré, me salvé de milagro. Este maldito colectivero estaba saturando mi paciencia. Es claro, el energúmeno no podía saber de mis padeceres pero, por la seguridad, o aunque más no fuera, por respeto a la condición humana, debería tratar de ser más cuidadoso.
Mientras el colectivo proseguía su marcha, yo continuaba con mis forzados intentos por comer. Otra frenada, otro sacudón, empujón va, pisotón viene, y yo enfurecido, sin poder conseguir mi comida y, ahora en parte, también temiendo por mi vida. Ya el hambre y la sed sumada eran desesperantes; ah, el ansia...!
De pronto descubrí, al final del pasillo, a una joven preciosa que vestía una cortísima minifalda.
_ Esta es la mía! _ pensé.
Y hacia ella me dirigí.
Me pareció haber tardado un siglo cuando llegué hasta ella, pero me sentía feliz; mi objetivo estaba casi logrado. Con una amplísima sonrisa y, calculo que, un gesto sádico reflejado en mi faz, me introduje con extremado sigilo por debajo de su pollera, pero... el demente volvió a frenar y sentí que algo me apretaba hasta ahogarme, y ya no supe más.

El tipo aprovechó la frenada, situación que le dio la oportunidad de apoyar alevosamente a la mujer que tenía delante. Esta, con sus angulosas curvas, su pulposo cuerpo, sus insunuantes ropas... lo había excitado al máximo; el fulano no aguantaba más.
La mujer sintió algo duro apretándose contra sus nalgas... En un principio, supuso que sería un accidente a causa de la brusca frenada del chofer, pero luego siguió sintiéndolo cada vez más fuerte y, además, una mano que, sugestivamente, rozaba sus piernas. Se dio vuelta y, con violencia, abofeteó al osado individuo que tenía detrás, mientras le espetaba insultos a viva voz.
El tipo se bajó enseguida, rojo de vergüenza.
La muchacha, también avergonzada, se bajó en la siguiente parada y caminó las cuatro cuadras que restaban para llegar a su domicilio.

Al desvestirse esa noche para irse a dormir, la joven descubrió una notable mancha roja en uno de sus muslos. Intrigada, revisó su ropa y, pudo ver que un gordo mosquito estaba aplastado y pegoteado en sus pantys.

miércoles, 11 de junio de 2008

Carga Desconocida

Pete y Ron eran camioneros y desocupados, no lograban conseguir un trabajo efectivo y vivían como podían de las changas que aparecían de vez en cuando. Eran amigos en su vida privada pero, cuando de trabajo y dinero se trataba, se transformaban en enemigos encarnizados. Esto no era un problema para ellos puesto que así estaban acostumbrados, además les fascinaba competir, se divertían mucho y ambos eran adictos a la adrenalina.
Esa tarde, habían ido juntos por trabajo a una empresa y habían conseguido sendas cargas a transportar. La empresa tenía una curiosa costumbre: Hacía competir a los aspirantes a un puesto de trabajo... Obviamente, a Pete y Ron les venía como anillo al dedo y aceptaron las reglas sin problema alguno. Las condiciones impuestas por la empresa eran simples: Los conductores, bajo ningún concepto, debían saber qué era lo que transportaban y uno de ellos debía respetar la puntualidad. El resultado también era sencillo: El ganador obtendría el puesto de trabajo y doble paga.
A ellos les importaba un comino lo que transportaran, sus únicas preocupaciones eran idear trampas para tenderse mutuamente en el camino.
Partieron a la mañana bien temprano; el trayecto que debían recorrer iba a ser bastante largo y agotador.
A los pocos kilómetros, el camión de Ron se detuvo; Pete lo había manipulado la noche anterior. Maldiciendo por lo bajo, Ron caminó hasta una próxima cabina telefónica y solicitó un remolque. Cuando el vehículo estuvo reparado, reanudó la marcha a toda velocidad. A las pocas horas, divisó el camión de Pete que iba lentamente perdiendo velocidad. Lo pasó tocando bocina y saludándolo sarcásticamente.
Pete vio que el tablero le indicaba falta de combustible, aunque él había llenado el tanque antes de salir. Se apeó y controló el recipiente de nafta, estaba vacío y con un considerable orificio en uno de sus lados. Insultó a Ron para sus adentros y comenzó a caminar. Al llegar a un teléfono público descubrió que los cables habían sido cortados. Farfullando obcenidades, comenzó a andar hasta la estación de servicio más cercana, la cual se hallaba a unos tres o cuatro kilómetros de distancia. Finalmente arribó, su camión fue remolcado y arreglado, y Pete pudo retomar el camino, aunque con resignación. Daba por perdido el puesto ya que Ron le había sacado varias horas de ventaja pero, por lo menos cobraría su paga. Grande fue su sorpresa al divisarlo en la ruta a la vuelta de una curva yendo demasiado despacio. Ron debía tener problemas, de lo contrario ya hubiera arribado a destino; problemas que esta vez él no había causado.
Pete rebajó la velocidad, poniéndose a la par de aquél, con el fin de indagar qué ocurría. Lo que Pete no imaginó fue que, su amigo lo había estado esperando. Ron comenzó a chocarlo con el costado de su camión, intentando sacarlo del camino, que era de montaña y sobre la izquierda lo bordeaba un abrupto y profundo precipicio. Pete se defendió igualmente de las oscuras intenciones de Ron; ambos anduvieron, golpeando con violencia sus vehículos a una velocidad increíble. Ya estaban cerca del lugar de destino, cuando ambos camiones desbarrancaron, yendo a parar al fondo del abismo. Sendas máquinas se destruyeron totalmente y explotaron incendiándose; los dos conductores perecieron, chamuscados en el siniestro.

El matrimonio Simple, con su pequeño hijo, viajaban rumbo al pequeño y aislado pueblo del oeste en donde habitaban los padres de la señora Simple. Al arribar a la granja, contemplaron con asombro que ésta se hallaba desierta; convertida en un desierto: Sin plantas, sin huerta, sin animales, sin moradores...
Recorrieron el pueblo con el fin de indagar el paradero de los padres de la preocupada señora Simple. La preocupación, ahora sumada al miedo, embargaba a ambos esposos al observar que el pueblo entero era un inhóspito desierto.
Regresaron a su hogar, no sin antes hacer la correspondiente denuncia por desaparición... de un pueblo.

El despacho del inspector Clever estaba rebozante de denuncias sobre desapariciones de personas y, platos voladores de por medio, informes respecto a cierta zona convertida súbitamente en un desierto. No había tenido más remedio que dar parte a los federales y éstos a su vez, habían pasado el parte a inteligencia del ejército.

El coronel Lie estaba al borde del colapso, entre las desapariciones, los ovnis, la maldita ecología zonal y que los parió! Su mayor problema eran los dos prototipos secretos desaparecidos hacía unos días; dos bombas desintegrantes experimentales reportadas como perdidas en ruta. Aún no había recibido reporte alguno de la brigada que había asignado a la investigación, que comenzaría en la empresa contratada para su transporte.

sábado, 7 de junio de 2008

El Avido Buscador De Oro

Durante toda su vida Boris había sido minero, trabajando siempre bajo patrón y teniendo que aguantar las injusticias de los capataces, que acostumbraban a tratarlos como animales de circo, sólo les faltaba el látigo. El era un hombre sufrido que soportaba los malos tratos y la pésima paga pensando en su mujer y en sus hijos pero, esta última humillación había sido demasiado, incluso para él! Nada ni nadie merecía tanto sufrimiento suyo, después de todo, su mujer también lo maltrataba y sus hijos, prácticamente no le prestaban atención. Decidió que ya era hora de hacer algo por su miserable vida.
Abandonó el trabajo y también su casa, sin una palabra, sin una explicación. Con el poco dinero que aún le quedaba, compró su propio equipo de minería, un viejo jeep, y partió decidido a encontrar oro. Si tenía éxito volvería a su hogar.
Pasó incontables penurias, casi muere de inanición en el vasto desierto, pero tuvo sus frutos; halló su mina de oro. Y finalmente su suerte cambió. La mina era riquísima, poseía grandiosas vetas del brillante y codiciado metal.
La empresa de Boris creció y pronto tuvo que contratar sus propios obreros para poder continuar y acrecentar la producción del metal precioso. La mina parecía ser inagotable. Se construyeron numerosos túneles, hallando a cada paso nuevas vetas. Los vagones afloraban a la superficie siempre colmados de enormes y purísimas pepitas.
Boris se estaba convirtiendo en un hombre muy rico y poderoso y, a medida que se enriquecía, se iba transformando en un miserable y un déspota, tanto o peor como sus antiguos patrones lo habían sido con él. Pero él parecía no darse cuenta de ello y, ya ni siquiera recordaba a su familia. Sólo pensaba en su creciente fortuna, hasta sus ojos parecían refulgir con brillo dorado.
Un domingo por la tarde, Boris decidió bajar solo por los intrincados túneles de la mina. Solía hacerlo asiduamente, con el solo fin de admirar el brillo de su oro, le gustaba contemplarlo y acariciarlo largamente en soledad. Subió al trencito subterráneo y fue bajando, y bajando... De pronto notó que aumentaba la velocidad, sintió un balanceo y un calor abrasador lo invadió por completo. Un estruendoso rugido brotó de las profundidades de la tierra que se sacudía con furia. Sin que Boris pudiese hacer nada para evitarlo, completamente fuera de control, el trencito se estrelló violentamente contra la dorada pared al final del túnel.

El pequeño pueblo perdido entre el paisaje montañoso había tenido que ser evacuado de forma urgente. Los pobladores, en su mayoría mineros y sus familias, habían tenido que abandonarlo todo. El enorme volcán que coronaba el valle había entrado en erupción si preaviso, arrasándolo todo a su paso con lava candente y rocas igníferas, cubriendo el cielo con su manto de humo y cenizas. El gigante rugia como furioso dragón escupiendo fuego entre sus fauces.

En la mañana del lunes, los mineros concurrieron puntualmente a trabajar pero no vieron a Boris. Grande fue su sorpresa al descubrir al final del túnel más profundo de la mina, en la veta mayor, un relieve esculpido con la imagen de su patrón.

domingo, 1 de junio de 2008

El Tiovivo De Cristal

Andrés era un niño solitario que pasaba sus tardes enteras leyendo historias de hadas y duendes. No tenía amigos, hablaba poco y parecía vivir dentro de su mundo de ensoñación, el cual no compartía.
Sus padres estaban muy preocupados pues temían que tuviese un dejo de autismo; consideraban que a sus doce años, ya era demasiado mayor para sus tontas fábulas. Consultaron con un médico amigo pero, luego de varios estudios, éste les dijo que se trataba de un niño normal, sólo introvertido. Que desecharan absurdas ideas como el autismo y que, si gustaba de las fábulas mucho mejor puesto que, aunque un tanto demodée, éstas contenían pensamientos profundos y vívidas enseñanzas que ya nadie se molestaba siquiera en pensar. Que lo dejaran formar su personalidad en paz que, ya con el tiempo iría cambiando.
Y así lo hicieron...

Una noche, Andrés dormía plácidamente y soñaba... En su sueño conocía a un duende mágico que venía de otro mundo; un mundo perfecto, un mundo de magia e ilusiones muy similar al suyo. Su nombre era Gork y lo invitó a conocer su mundo, a compartirlo, a fundir ambos mundos en uno solo.
A partir de entonces, todas las noches revivía sus sueños junto a su nuevo amigo, sumergiéndose durante el día cada vez más dentro de sus historias imaginarias. Sólo que ahora contaba con la compañía de Gork, quien se había transformado en su único amigo.

Había pasado un año desde aquella primera noche en que Andrés había soñado con Gork. Sus fantasías habían tomado tal importancia que ya no sabía distinguirlas de la realidad, y Gork se le había tornado indispensable. En la mente de Andrés, el duende se había transformado en algo real, una parte de sí mismo. Gork tenía presencia física, voz audible, pensamientos propios... En la mente de Andrés...?
El niño adoraba a su imaginario amigo, que lo comprendía, lo mimaba, lo consentía, lo quería... Siempre concedía sus deseos; siempre dispuesto a participar en sus fantasías; siempre obsequiándole fábulas y quimeras.
Había pasado un año exacto y, esa noche, su sueño cambió. Gork le anunció que debía partir y que no debía sentirse triste. Que conservara siempre la alegría de la fantasía. El duende se marchó, no sin antes dejarle un último obsequio. Una calesita de cristal invisible que, solamente él podría ver, oír, jugar en ella. Esta sería eterna y poseía una sortija mágica que Andrés debía tomar cuando se hallase ante alguna circunstancia insostenible. Gork le advirtió que toda solución mágica tenía su costo, también que podría hacer uso de la sortija únicamente tres veces, tras las cuales ya no podría recurrir a ella, a riesgo de desatar terribles desgracias sobre su persona.
La mañana siguiente, Andrés se levantó y, con un dejo de tristeza, miró a través de su ventana. Allí, en el medio del patio se hallaba la etérea y translúcida estructura del tiovivo de cristal, tal como Gork le había prometido.
Se vistió presuroso y corrió a jugar.

El tiempo transcurrió y Andrés fue creciendo hasta transformarse en un apuesto joven, todavía introvertido y algo tímido aunque, ya no solitario. Iba a la universidad y estaba por recibirse de médico. Ya no jugaba con el tiovivo, que giraba eternamente en el patio de su casa.
Claudia era una hermosa, adinerada y orgullosa joven que cursaba sus estudios con él. Tenía muchos admiradores de los cuales se aprovechaba. Salía con todos y no se comprometía con nadie. Y tenía fama de cruel a la hora de romper las relaciones.
Andrés se había enamorado perdidamente de Claudia pero no se animaba siquiera a acercársele. Un poco por su timidez pero, mayormente no quería resignarse a ser uno más en su colección. Vivía pensando en ella, amándola y deseándola en su soledad cada vez más notoria y, sufría... Sufría en silencio torturado por los celos y la pasión irrefrenable que crecía dentro suyo.
Entonces recordó la calesita que, hacía años ni siquiera miraba... Arrancó por primera vez la mágica sortija.

Al mes, Andrés y Claudia se comprometían oficialmente.
Claudia era una mujer muy exigente y de gustos muy caros; Andrés no poseía fortuna alguna. Desesperó al ver quebrantarse la tan ansiada relación por causa de sus escasos recursos, extrayendo la sortija una segunda vez.
A los pocos días, un telegrama le comunicaba ser el heredero de una inmensa fortuna que, un ignoto y lejano pariente, le había testado. Y Andrés fue capaz de complacer los extravagantes deseos de su amada Claudia.
Ese mismo año, finalizó su carrera de medicina y ambos se casaron. Ella, como era de esperarse, abandonó sus estudios, en lo que nunca había puesto demasiado interés.
A los dos años de casados tuvieron un niño. Un hermoso niño rubio de azules y enormes ojos al que llamaron Diego.

Diego crecía saludablemente y la fama y el prestigio de Andrés también crecían en rápido aumento. Mientras tanto, Claudia se aburría, hastiada de su papel de honorable esposa y madre.
A los escasos cinco años de matrimonio, Andrés ya se había dado cuenta del error. Claudia nunca le había amado ni mucho menos, era merecedora del amor que por ella había sentido. Había descubierto en su esposa a una mujer voluble y vana, a la que ya ni siquiera veía hermosa. Sólo el deseo carnal y la ambición de lo imposible podían haberlo lanzado a tan absurdo casamiento. Aún así, Andrés se sentía afortunado. De su relación había nacido Diego y él adoraba a su hijo.

Andrés había iniciado una relación amistosa con una colega, que pronto se transformó en algo más. Llegó a amar a esta mujer como jamás había ni habría sido capaz de amar a su esposa.
El era un hombre justo y sincero, y detestaba verse ante la necesidad de mantener oculta su relación amorosa. Blanca era el amor de su vida pero, dado su actual estatus social, no podía arriesgarse al escándalo de un conflictivo divorcio. Para peor, Claudia sospechaba algo y, no porque le importase, sino por simple despecho y la más pura de las maldades, ella podía e iba a arruinarle la carrera y la vida, además de quedarse con prácticamente toda su fortuna.
Andrés subió al tiovivo y, tomando por tercera vez la sortija, expresó mentalmente sus deseos por el triángulo amoroso.

Nunca supo si su tercer deseo fue cumplido.
Al poco tiempo Diego enfermó. Ningún remedio daba resultado y el estado del niño empeoraba. Sometido a un millar de análisis clínicos, se descubrió que el pequeño padecía de una extraña forma de leucemia provocada por un virus de una cepa desconocida. Le dieron variados tratamientos pero ninguno adecuado, Diego emperoraba deteriorándose rápidamente.
Andrés era un guiñapo humano, su hijo agonizaba. En un rapto de desesperación montó la calesita de cristal, cogiendo la sortija por cuarta vez, olvidando por completo las advertencias del duende, compañero de sus fantasías infantiles.

La magia tiene su precio y siempre se lo cobra.
Mientras Andrés, mirando fijamente la sortija, suplicaba por la vida de su hijo, el niño moría solo en su camita de hospital, consumido por la fatal enfermedad. Al tiempo que Claudia, sin testigos, empujaba a Blanca por una ventana del décimo piso de ese mismo hospital, los padres de Andrés, que acudían a ver a su único nieto, fallecían trágicamente en un accidente automovilístico. Mientras, el tiovivo de cristal se derrumbaba en añicos sobre un pálido Andrés que, con tembloroso asombro, contemplaba como en una pantalla cinematográfica las tres tragedias de su deshecha vida. En tanto, en su cabeza sonaba ronca e imponente la voz del duende quien, ya no tan amistoso, le recordaba su advertencia final.
Andrés con la mente enajenada, miró la sortija que aún descansaba entre sus manos y, con todas sus fuerzas, la clavó en su corazón.

martes, 27 de mayo de 2008

Rescate Inesperado

Marcos estaba furioso. Por tercera vez en el día había discutido con Blanca. Jamás llegaría a entenderse con esta mujer, ya ni siquiera recordaba por qué se había casado con ella. Maldecía la hora en que la había elegido para formar un hogar. Su hogar... Ja! Todos sus estúpidos sueños desvanecidos. Sólo le conformaba pensar que él había hecho lo imposible para que funcionara. Lo imposible por conformar a esta endemoniada mujer.
Por ella había abandonado su burocrático trabajo de oficina para abrir una agencia de publicidad. De acuerdo, la agencia había prosperado hasta transformarse en una de las más exitosas, pero él añoraba su tranquilo escritorio soleado por las mañanas.
Se habían mudado a la costa para que ella pudiese haraganear todo el día dorando su piel en la playa. Había modificado su atuendo, su estilo de vida y, casi hasta su forma de ser! Todo para no desentonar con ella y sus insoporables amistades, a las que debía soportar pululando a cualquier hora por la casa. Su casa!
Y, en el colmo de su idiotez, había invertido hasta el último centavo de sus ahorros en ese ostentoso yate; sólo para pasear a su gente (la de ella) y celebrar orgiásticos bacanales que, él en el fondo odiaba.
Nada parecía suficiente para Blanca, sus exigencias eran cada vez más extravagantes y no aceptaba un no por respuesta.
Pero, esta vez su esposa había colmado su paciencia, le había gritado e insultado en frente de sus amigotes. Sin pronunciar palabra, Marcos se había retirado pues la ira subía por sus manos deseando estrangularla.
Ahora caminaba cansinamente por la playa sin saber qué hacer. Quería darle un escarmiento a su mujer. Sus pasos, sin querer lo llevaron hasta el muelle. Subió al yate y soltó amarras. Partió sin rumbo fijo y navegó en un mar calmo y placentero, embuyéndose de paz en el atardecer. Cuando sólo vio agua a su alrededor, detuvo los motores y levó velas, dejando vogar libre a la embarcación.
Se tiró sobre la cubierta de popa, tomando ávidamente los rayos del sol poniente. Se quedó dormido.
Lo despertó el fragor de la tormenta; era noche y la oscuridad total. Llovía torrencialmente; el líquido elemento castigaba con furia la débil embarcación, arreciando desde arriba y fustigando desde abajo. El viento huracanado, sin darle tiempo a nada, destrozó las velas; el barco comenzó a desmoronarse. Marcos, empapado y tiritando de frío, bajó a la cabina e intentó encender los motores; la energía estaba muerta. A oscuras y a la deriva, Marcos comenzó a sentir miedo. Intentó pedir ayuda por radio pero, sus maydays quedaron flotando en el vacío, no funcionaba. De pronto vio que una enorme roca se le venía encima, timoneó para esquivarla; tarde, el velero se deshizo contra el inoportuno escollo y Marcos cayó dentro de la furia del mar.
Abrió lo ojos y un gratificante sol lo saludó. Contempló el panorama que lo rodeaba; sólo agua. Estaba tirado sobre la mísera roca que había provocado su naufragio. Mirando su cuerpo maltrecho, sonrió tontamente mientras recordaba chistes malos sobre náufragos e islas. Pronto volvió a dormirse rendido.
Caía nuevamente la noche, Marcos pensaba en la locura previa a la muerte, cuando pudo divisar una embarcación acercándose. Aún creyendo que era un espejismo, Marcos comenzó a hacer señales frenéticas y, el barco continuaba acercándose. Había algo extraño en él y Marcos no alcanzaba a descubrir qué.
La embarcación se detuvo a unos metros y Marcos, sin pensarlo dos veces, se tiró y nadó torpemente hasta la escalerilla colgante. La nave retomó su ruta con él a bordo.
Marcos comenzó a recorrer la embarcación que era bastante grande. Ahora que lo pensaba, era antigua, similar a una fragata y, todo parecía indicar que estaba vacía.
_ Eso era lo extraño!_ pensó Marcos.
Se paró frente al timón de proa, tomándolo fuertemente entre sus manos soñó con ser el capitán de un barco pirata. Estaba tan emocionado, tan metido dentro de su imaginaria aventura, que ni cuenta se dio cuando un cosquilleo comenzó a subir por sus miembros; de pronto, no podía moverse.
_ El frío y la humedad han entumecido mis músculos, tal vez sufro una parálisis momentánea... _ pensó, tratando de mantener la calma.
Sin embargo, una voz interior le refutaba esa idea...

Los marinos y pescadores de la zona ya estaban acostumbrados a las eventuales apariciones del Bergantín Errante pero, esta vez quedaron pasmados al verlo aparecer comandado por su estático capitán.

lunes, 26 de mayo de 2008

El Hombre Apurado

Simón Vargas era viajante de comercio y pasaba su vida saltando de un tren a otro, recorriendo pueblos y ciudades en su incansable carrera contra el reloj. Esta vez, Vargas había decidido tomar el monorriel pues era super veloz; no sólo quería llegar a tiempo, sino adelantado. Tenía entre manos el negocio de su vida y no podía permitirse el lujo de perderlo. Consultó su reloj, ya faltaba poco... Vargas se recostó en su asiento y, con expresión satisfecha, entornó sus párpados.
Despertó sobresaltado, el tren seguía su marcha, debían estar llegando... Volvió a consultar su reloj, su cara sufrió una brusca metamorfosis. Ya hacía más de una hora que debieran haber arribado a destino... Y aunque aún le sobraba tiempo adelantado, Vargas comenzó a sentir un desasosiego.
El tiempo transcurría y las manecillas del reloj marcaban su curso inflexiblemente poniendo sus nervios en jaque; y el tic tac con martilleante retumbar en su cerebro. Empezó a pasearse de un lado a otro, intentando orientarse a través de las ventanillas pero, el tren era tan ligero que el paisaje se sucedía en borrosas pinceladas imposible de identificar. Mientras las flechas galopaban en circular carrera dentro de la blanca esfera en su muñeca.
Tan sólo unos minutos antes de cumplirse su margen horario, el tren se detuvo con un agudo chirrido. Vargas bajó atropelladamente, olvidando su equipaje; aunque jamás soltó el maletín con sus papeles de negocio. Corrió con frenesí por la plataforma mientras el tren desaparecía ante sus ojos como un espectro.
Sintiendo los nervios estallar dentro de su cabeza, contempló su alrededor. Si bien era la primera vez que visitaba esta ciudad, el aspecto que ésta le ofrecía era sumamente singular. Se dirigió hacia el centro, asombrándose más a cada paso. La ciudad era el colmo del modernismo. Los edificios gigantescos y de una perfección geométrica única, de formas cilíndricas, piramidales y hasta circulares. Parecían estar construidos sólo con materiales metálicos y vítreos. Y sus habitantes! Sofocando un desmayo, apreció el colorido de sus vestimentas, como brillantes mallas ceñidas al cuerpo.
Tímidamente se aproximó a uno de ellos a fin de inquirir la dirección de su reserva de hotel, infructuosamente. Volvió a intentarlo varias veces pero, no pudo hacerse entender, no parecían entender el idioma. Vargas sin notarlo se iba alterando cada vez más, ya sus preguntas eran gritos histéricos y con gestos más histéricos aún señalaba continuamente la esfera de su reloj. Pronto se vio rodeado por varios hombres vestidos de negro, lo apresaron y condujeron dentro de un edificio circular.
Hablaban un idioma que él no conocía ni comprendía, aparentemente le hacían preguntas pero, él no podía responderlas; sólo atinaba a gesticular mostrando un papel con la dirección de su hotel y señalando su reloj. Fue trasladado a otra sala muy blanca por hombres también de blanco. Estos lo sometieron a lo que parecían ser análisis con unos equipos muy sofisticados. Finalmente lo llevaron a otra habitación ocupada sólo por una enorme computadora. La máquina le realizó preguntas en su idioma y él al fin, más allá del asombro, pudo contestar.
A medida que iba contestando pudo notar que los otros se miraban entre sí con gestos de incredulidad. Al finalizar su encuesta, la computadora le informó que se encontraba en lo que él llamaría el futuro, en el año 4724 y en la que había sido su ciudad natal.
Vargas, ya con una sonrisa demencial dibujada en su rostro, señalando su reloj profirió en un grito agudo:
_ Gané! Le gané!
Los hombres de blanco en silencio, quitándole el reloj, lo introdujeron en una especie de cápsula transparente.

Simón Vargas, viajante de comercio, fue condenado a viajar eternamente por el espacio infinito; no más carreras contra el reloj.

Los científicos de Ciudad Marfil, año 4724 U.G. (Unión Galáctica), luego de someter a diversos estudios la esfera llamada reloj y de acuerdo a los resultados arrojados, la desintegraron al llegar a la conclusión de que era peligrosamente adictiva y causaba demencia.

jueves, 22 de mayo de 2008

Desde Lejos

Parece tan sólo ayer cuando la tuve en mis brazos... Era un capullito rosado y tierno. Su risa... tan parecida a la de su madre. Pero, dónde estoy? Esta no es mi casa! Entonces, cómo es que puedo verla? Cómo puedo caminar, si no me muevo? Cómo puedo ver, si mis ojos están cerrados...? Ya recuerdo... Estaba cenando con unos amigos, cuando de pronto oí una voz que me llamaba; una voz profunda, como mi interior, que decía necesitarme... Me levanté, di unos pasos y me desvanecí. Desperté aquí, en este lugar solitario y en tinieblas, desde donde sólo la veo a ella, mi dulce Liz... Cómo quisiera porder hablarle y contarle lo solo que estoy! Si pudiera oír su voz por un instante, para por otro instante olvidar la fría oscuridad y la tristeza que me rodea... Liz... Por favor, háblame! Rompe tu silencio; trata de llenar con tus palabras mi alma vacía de encuentros...
Ahora, que el sol para mí no sale y que no sé vivir, ni tampoco morir! Ahora que el mundo no llora y que se aleja el tiempo. Ahora, que no pasan las horas y las flores están muertas. Ahora, que ya no escucho el canto de las aves ni veo el feliz amanecer. Ahora que no hay más auroras para contemplar, siento pena en el corazón. El fuego que en mi ser había lentamente se apagó; las cenizas se esparcieron en el aire, perdiéndose en la infinitud del horizonte.
El viento, con mi queja me remonta por los abismos insondables de este lapidario mundo, que ya no es mi mundo... Solamente tu recuerdo me consuela, mi dulce Liz.
Mi mente vagando está por los prados del ayer, libre de remordimientos que no dejan ver. El calor me da frío y el amor me da dolor. Pero, por más que saque la venda de mis ojos, cierre mi puño y apriete los labios, no puedo volver.
Y aunque no me escuches, debo hablarte, debo decirte... Liz, sal de tu oscuro rincón, afronta la realidad; que aunque , una y otra vez, huyas de ti misma, siempre habrá alguien que te detendrá, tal vez con una mano, tal vez con un consejo. No tengas miedo de ver la verdad. No llores, ello no te ayudará; ya nada podrás remediar. Lucha, grita, pero corre fuera de tu sino. Ten fe, que ella y ninguna otra guiará tu camino. Porque en ese mundo absurdo en el que tú vives, aún quedan cosas hermosas...
Los pájaros que vuelan en libertad por el celeste e impávido cielo. La inquisidora brillantez del sol con su envolvente calor. El perfume invasor de las flores nacientes. La abrumadora belleza de una nocturna redondez de luna.
Entre tantas imágenes, una audible encandila mis sentidos... Melodía divina, contigo al piano; con sus plenos acordes me voy alejando... Adiós, mi dulce Liz...

Una lágrima rodó por su mejilla al ejecutar al piano aquella vieja canción. Una suave brisa, como aliento frío, la rozó estremeciéndola, y arrancándole un ronco grito:
_ Papá! Eres tú...?

lunes, 19 de mayo de 2008

Trayectoria

Desde que vine al mundo permanecí confinada en un mismo lugar junto a otras compañeras iguales a mí. Eramos demasiadas y vivíamos amontonadas y apretujadas, pero lo pasábamos bien.
Pero un día, unas enormes manos me apresaron y, separándome de mis amigas, me encerraron en un pequeño y solitario cubículo. Este era tan estrecho que apenas podía moverme, la oscuridad allí dentro era total y, ese olor tan penetrante parecía invadirlo todo.
Desconozco cuánto tiempo estuve inmovilizada en ese lugar pero, de pronto, sentí unos sacudones acompañados de ruidos que nunca antes había escuchado y tuve la sensación de que todo aquel sitio comenzaba a girar vertiginosamente. Empecé a sentir náuseas, mareos, cuando el movimento cesó. Mejor dicho, pareció cesar puesto que, se movía, sólo que no giraba. El olor era ahora más fuerte, casi insoportable; me sentí ahogar en ese sucucho.
Comencé a prestar atención, podía oir música a exageradamente alto volumen, también voces varias y algunas risas. Las voces fueron alzándose hasta transformarse en airados gritos.
De pronto, oí un chasquido y enseguida algo me propinó un violento empellón. Caí de bruces por un negro túnel y noté una gran claridad al final, hacia la que me acercaba velozmente. La luz me dio de lleno en la cara, cegándome momentáneamente. Cuando la visión retornó a mis ojos, pude apreciar que estaba volando; había sido despedida por la boca del túnel a gran velocidad, sin embargo, el viento que azotaba mi rostro, iba frenando mi aceleración. De repente, vi una gran mole blanca delante mío; hacia ella me dirigía en mi rápido vuelo. Sentí pánico. Iba a chocar contra esa cosa y nada podía hacer para impedirlo.
Una brusca conmoción frenó mi marcha por un instante y, me adentré en esa masa cálida y glutinosa.

Juan sintió un agudo dolor en su pecho y cayó de espaldas al suelo. Quiso maldecir a su atacante, pero no tuvo tiempo; la bala, alojándose en su corazón, lo había matado.

domingo, 18 de mayo de 2008

El Condenado

La nave levantó vuelo. Logan podía sentir el tironeo de sus propias moléculas a medida que se inducía la aceleración lumínica. Sólo unos instantes y la nave se equilibró como también su humana composición; ambos eran ya una masa energética desplazándose por el cosmos. Todo había salido bien y Logan rebosaba de dicha. Pensaba en la gran ironía de su vida; hasta hacía poco más de una hora era un condenado a muerto, y ahora... ahora era el super privilegiado, futuro poseedor de una juventud quasi eterna...
Viajaba a bordo de una nave experimental, sirviendo de conejillo de indias a una loca idea de unos científicos más locos aún, pero nada importaba, cualquier cosa era mejor que rendirse a la muerte, y encima parecía funcionar! Lo único que él debía hacer era mantener la velocidad hiper lumínica en una línea recta progresiva, mientras, él rejuvenecería; y el espejo de demostraba que ello estaba sucediendo. Por otro lado, si estabilizaba la nave en un punto determinado, también lo hacía su marcha regresiva, es decir que, podía permanecer en una determinada edad durante el tiempo que le diera la gana y luego, seguir adelante o regresar. Si optaba por esto último, recuperaría tiempo hasta llegar al punto de partida contando nuevamente con los treinta años de edad que tenía al partir. Lo realmente gracioso era que, cuando retornase, joven como antes, todos, incluídos los científicos y carceleros se habrían transformado en enclenques carcamanes y él podría hacer lo que le viniera en gana. Logan reía en su soledad pensando en ello.
Había llegado a los veinte años y decidió ajustar el tiempo en esa edad, su favorita; conectó el dispositivo de ondulación. Logan meditaba y hacía cálculos, si lograba seguir repitiendo el experimento, continuaría fluctuando entre sus veinte y treinta años indefinidamente. Se durmió profundamente.
Desconocía cuánto había permanecido ondulante pero, comenzaba a sentir cierto desasosiego: necesitaba una mujer, pensó. Ante la urgencia física, determinó que había llegado el momento de su primera regresión. Inició el proceso de desestabilización y, en unos momentos, se hallaba viajando a la inversa. Concentrado en los controles, el espejo le mostraba el paulatino regreso a su edad, comenzó a bajar la velocidad. Sufrió impasible los incómodos cambios que se producían mediante la desaceleración hasta que la nave se detuvo.
Descendió de la nave con aire triunfal reflejado en sus jóvenes facciones. La amplia sonrisa que sus labios dibujaban pronto se transformó en un gesto adusto. Nadie había venido a recibirlo, y el lugar que antes fuera un moderno espaciopuerto, era ahora un inhóspito desierto que se prolongaba hasta donde alcanzaba su mirada. Entonces tuvo un súbito presentimiento.
_ Maldición! Esos imberbes científicos se equivocaron!
Fue lo único que atinó a decir antes de desintegrarse.
El montoncito de polvo oscuro sobre el agreste suelo desértico fue barrido por un brusco ventarrón.

miércoles, 14 de mayo de 2008

El Descubrimiento

La expedición al mando del profesor Wycott estaba lista para partir. Había tomado demasiado tiempo hallar a los hombres adecuados para formarla y la inversión había resultado cuantiosa pero, al fin, hombres y equipos reunidos, muy temprano aquella mañana el barco zarpó.
El objetivo era la búsqueda de la perdida Atlántida. El profesor estaba seguro de conocer su localización y, a bordo, sobre el puente de cubierta, no podía disimular su euforia. Navegarían hasta el polémico Triángulo de las Bermudas y allí anclarían para continuar la operación por vía submarina. Disponía de los mejores buzos y sofisticados equipos. El tiempo y dinero invertidos no serían en vano.
Estaban acercándose a la ´zona zero´ cuando repentinamente se perdió el control de la embarcación. La brújula enloqueció y el radio sólo daba estática. El barco adquiría velocidad impetuosamente a pesar de que la energía de sus motores estaba muerta. El cielo se oscureció hasta la total negrura y las aguas azotaron con furia la pequeña embarcación. Sorpresivamente fueron tragados por un gigantesco remolino, la histeria era colectiva, algunos se tiraron por la borda y murieron ahogados, los que no, conocieron lo desconocido...
El barco descendió a las profundidades impelido por la fuerza centrífuga para detenerse con suavidad sobre el fangoso lecho marino. Atónitos, los tripulantes notaron que podían respirar naturalmente pero, el asombro no terminaría ahí...
La embarcación comenzó a deslizarse delicadamente, como un pez, hasta llegar ante un portal de aspecto metálico, que silenciosamente se abrió para volver a cerrarse detrás de ellos. Tras el portal ya no había agua. Descendieron del barco y, temerosamente, continuaron a pie la ruta que se demarcaba ante ellos. Y así, tan repentinamente como todo lo que estaba sucediendo, ante sus incrédulos ojos apareció la fantástica ciudad.
_ La Atlántida!!_ Gritaron al unísono.
Entre risas y lágrimas de felicidad, todavía con las piernas temblequeantes encararon la aventura con renacidas esperanzas.
No pasaron más de dos minutos cuando ante ellos se presentaron unos seres altísimos, esbeltos y hermosos, de aspecto andrógino; los atlantes...
Luego de una breve recorrida por lo que parecía ser el centro de la ciudad, los gigantes rubios los condujeron hasta un gran salón, muy iluminado, donde les fue ofrecido un inimaginable banquete. Exquisitos e irreconocibles, pero no menos apetitosos manjares les fueron servidos. La bebida era extraña y dulzona y adictiva... Tambaleándose, el profesor Wycott propuso un brindis por la acogedora ciudad y sus gentiles habitantes como también por el éxito de la expedición. Con voz gangosa, pronunció un vulgar y poco original discurso alusivo que apenas pudo finalizar cuando el sopor lo venció y se derrumbó... No había notado que sus compañeros de viaje hacía rato dormían profundamente.
Cuando volvieron en sí, se hallaron en un recinto de paredes metálicas y techo transparente; no se veía ninguna puerta o ventana... Hacía demasiado calor... De pronto, notaron que los atlantes los espiaban a través del techo vidrioso; el profesor comenzó a vociferar y hacer señas tratando de hacerles entender que los soltaran pero ellos no parecían escuchar... El calor iba en aumento, ya lastimaba la piel completamente bañada en sudor... El calor quemaba y dolía, comenzaron a golpear las paredes, ya roncos de gritar, aullando ante la mirada indolente de un atlante que, abriendo una abertura en el techo, dejó caer diversas sustancias... polvos y líquidos... Un instante para mirarse horrorizados: Eran condimentos!!!
Los grandes atlantes disponían con minucioso cuidado un escenario festivo... La larga y suntuosa sala, la enorme mesa engalanada... Había sido interminable el período de veda, los caníbales atlantes se regocijaban por anticipado mientras cuidaban de la cocción de su presa predilecta.

lunes, 12 de mayo de 2008

Los Anhelos Sexuales De Segismundo

Segismundo, a sus setenta años, era increíblemente un amante muy deseado por mujeres de cualquier edad. Claro que, solamente él conocía el secreto de su fructífera sexualidad, producto del continuo tratamiento a base de ciertas drogas exóticas que había conseguido en uno de sus viajes al oriente. Pero su salud se estaba deteriorando debido en parte a la edad y en su mayor parte a la desmedida ingestión de tales afrodisíacos. Hacía poco se había hecho un chequeo general, del que había resultado, entre otras cosas, una marcada tendencia a la deficiencia cardio-pulmonar; obviamente, Segismundo también fumaba... De acuerdo a estos resultados, no sólo debería dejar el cigarrillo sino que, además ya no podría consumir más drogas, a riesgo de perder la vida... Desde luego, él no quería morir aún pero sabía que no podría soportar la abstinencia sexual; debía hallar una solución a su problema y debía hacerlo pronto!
De ahí en más se dedicó a indagar, a investigar... Hasta que descubrió la existencia de un científico ruso, relegado por demente, que había construido lo que supuestamente era una máquina del tiempo. Decidió hacerle una visita puesto que el Dr. Smirnoff hacía unos meses se había radicado en el país.
Este era un hombre retraído y bastante desconfiado; le costó mucho persuadirle a hablar sobre su invento. Finalmente, y mediante una aceptable historia más una impresionante suma de dinero de por medio, Segismundo logró convencerlo para que le permitiese utilizar su máquina bajo su entera responsabilidad.
Segismundo no cabía en sí de felicidad... viajaría al pasado y volvería a ser joven!
Esa noche, para celebrarlo, invitó a dos amigas e, ingiriendo una última dosis de mágica droga, dio rienda suelta a su líbido hasta desfallecer.
Al día siguiente, munido de la cantidad acordada, se dirigió a la casa del viejo loco y, después de firmar los documentos inherentes a la operación, fue conducido hasta la susodicha máquina temporal. Luego de recibir uas breves instrucciones sobre su manejo, trepó al interior del increíble artefacto. Tomó el manual que su "benefactor" le había proporcionado y empuñó los controles de la máquina.
Inició su viaje retrospectivo con la mirada llena de ilusión y el pensamiento fijo en su pronto rejuvenecimiento y su lógica consecuencia: Elevado rendimiento sexual, y natural!
El cronómetro de la máquina le indicaba sus veinte años pero, seguiría un poco más atrás... Su avidez de vida y sexo se había tornado insaciable; los quince años serían perfectos.
Pero, la inaudita máquina falló... no se detuvo, prosiguió inmutable su viaje. La velocidad de retroceso se acrecentaba raudamente y la potencia de la fuerza inclusiva produjo el desvanecimiento de Segismundo.
Al recobrar la conciencia, se halló inmerso en un cálido y acuoso elemento dentro de un lugar sumido en la completa oscuridad. Repentinamente, y sin darle tiempo a nada, comenzó a sentir fuertes sacudones y empujones que le producían agudos dolores; volvió a perder el conocimiento.
Lo despertó un conjunto de infernales aullidos. Miró en derredor. La habitación era toda blanca pero... estaba preso! Los barrotes de su celda también eran blancos. Y esos gritos! Provenían de otras jaulas similares a la suya que, comenzó a moverse de improviso...
La enfermera arropó al bebé y lo llevó con su madre. La mujer tomó en sus brazos a su pequeño hijito y... Oh, dios! Extrajo un enorme y redondo pecho y lo puso en su boca... Segismundo se prendió desesperadamente del pezón tironeando de él y mordisqueándole con sus desdentadas encías.
_Segis... qué glotón eres! _ dijo la mujer, acariciando la cabecita de su bebé. Lo acomodó para cambiarlo.
_ Querido, ven rápido! _ gritó la asombrada mujer.
El novísimo papá se acercó.
_ Mira, no es increíble?! Nuestro pequeño ya tiene una erección!