Death

Death

jueves, 22 de mayo de 2008

Desde Lejos

Parece tan sólo ayer cuando la tuve en mis brazos... Era un capullito rosado y tierno. Su risa... tan parecida a la de su madre. Pero, dónde estoy? Esta no es mi casa! Entonces, cómo es que puedo verla? Cómo puedo caminar, si no me muevo? Cómo puedo ver, si mis ojos están cerrados...? Ya recuerdo... Estaba cenando con unos amigos, cuando de pronto oí una voz que me llamaba; una voz profunda, como mi interior, que decía necesitarme... Me levanté, di unos pasos y me desvanecí. Desperté aquí, en este lugar solitario y en tinieblas, desde donde sólo la veo a ella, mi dulce Liz... Cómo quisiera porder hablarle y contarle lo solo que estoy! Si pudiera oír su voz por un instante, para por otro instante olvidar la fría oscuridad y la tristeza que me rodea... Liz... Por favor, háblame! Rompe tu silencio; trata de llenar con tus palabras mi alma vacía de encuentros...
Ahora, que el sol para mí no sale y que no sé vivir, ni tampoco morir! Ahora que el mundo no llora y que se aleja el tiempo. Ahora, que no pasan las horas y las flores están muertas. Ahora, que ya no escucho el canto de las aves ni veo el feliz amanecer. Ahora que no hay más auroras para contemplar, siento pena en el corazón. El fuego que en mi ser había lentamente se apagó; las cenizas se esparcieron en el aire, perdiéndose en la infinitud del horizonte.
El viento, con mi queja me remonta por los abismos insondables de este lapidario mundo, que ya no es mi mundo... Solamente tu recuerdo me consuela, mi dulce Liz.
Mi mente vagando está por los prados del ayer, libre de remordimientos que no dejan ver. El calor me da frío y el amor me da dolor. Pero, por más que saque la venda de mis ojos, cierre mi puño y apriete los labios, no puedo volver.
Y aunque no me escuches, debo hablarte, debo decirte... Liz, sal de tu oscuro rincón, afronta la realidad; que aunque , una y otra vez, huyas de ti misma, siempre habrá alguien que te detendrá, tal vez con una mano, tal vez con un consejo. No tengas miedo de ver la verdad. No llores, ello no te ayudará; ya nada podrás remediar. Lucha, grita, pero corre fuera de tu sino. Ten fe, que ella y ninguna otra guiará tu camino. Porque en ese mundo absurdo en el que tú vives, aún quedan cosas hermosas...
Los pájaros que vuelan en libertad por el celeste e impávido cielo. La inquisidora brillantez del sol con su envolvente calor. El perfume invasor de las flores nacientes. La abrumadora belleza de una nocturna redondez de luna.
Entre tantas imágenes, una audible encandila mis sentidos... Melodía divina, contigo al piano; con sus plenos acordes me voy alejando... Adiós, mi dulce Liz...

Una lágrima rodó por su mejilla al ejecutar al piano aquella vieja canción. Una suave brisa, como aliento frío, la rozó estremeciéndola, y arrancándole un ronco grito:
_ Papá! Eres tú...?